Gotitas de lluvia en invierno que se
posan en mis pestañas, y el maquillaje que se va dejando vencer, tiñe las
mejillas y se van lavando; gotitas acompañadas por las que brotan de mí. Pronto
éstas dejaron de serlo, se transformaron en enormes surcos de agua, que sin
dejarme socorrer, fueron llegando a todos los escondrijos del cuerpo. Mis ropas
chorreando, pesadas, con ganas de saltarse.
Río que nace y cesa en nuestro dolor,
río que dice, que habla y juega a la muerte. Río color fuego recorriendo las
extremidades, derramando a cada paso su fluir, vaciándome y quemando la
esperanza de crecer hacia algo nuevo. Miedo, espera, miradas encontradas en dos
pares de ojos cristalizando aquello, inmortalizando las gotas, el río...
Me vi en medio de un torrente, sin
saber a dónde ir y mucho menos cómo llegar… y me largué nomas a caminar. No
interesaba la lluvia o la desolación, pues tenía la certeza que en algún
momento llegaría donde debía. Así que me dejo lavar; y me voy dando cuenta, con
cada caricia y cosquilleo: lavó mis condenas y me sembró de despedidas.
Era el lugar y el momento perfecto
para pensar, recordar y decidir… pero no hacía falta tanta dedicación, mi mente
estaba en blanco, era la misma laguna que se iba formando en medio de la
llanura. El agua me purificó, así como lo hace con todo en el mundo. La
definición ya estaba cometida. Definición que hoy, en forma de espina, me
estimula a creer y no me deja olvidar. El cuerpo me dolía y el alma me pesaba
en el vientre, sobraban las palabras. Solo quedaba una mirada y una mano.
Llegue con el alma renovada, empapada
de sonrisas ajenas que había olvidado y las propias que querían escapar desde
hacía largo rato. Pero con una pesadumbre que no podía abandonar.
A la mañana siguiente -envuelta en
sus brazos- me desperté sobresaltada: había soñado, no era un sueño cualquiera,
como el de los sentimientos reprimidos o miedos vanos; en él había una mujer,
junto a ella: un hombre, pero quienes eran? Caras desconocidas que suenan tan
familiares. Miraban fijo un punto, estaban esperando en medio de un desierto
amanecido. A lo lejos, sobre el horizonte comenzó a distinguirse una figura, diminuta,
como sumergida en un mar, luego de un momento por fin llego hasta ellos. Era un
mocito que aparentaba poquitos años, pero sin embargo tenía un aire de vida
recorrida que me erizo la piel y me estremeció el cuerpo. Llevaba con él una
enorme sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos, de tez trigueña y ojos
brillantes. Los venía a buscar: muy despacito los agarró de las manos, y las
suyas se perdían entre los dedos de los grandes que se dejaban llevar. Los vi
marchar a los tres, contagiados de su risa. Se perdieron en el horizonte del
que había llegado, inundándolo todo de alianza. Me dejó una sensación de vacío
y olvido que hasta hoy no puedo llenar. Me atrapó el deseo de su palpitar que
alguna vez escuché, embriagada de su presencia.
Será que es la imagen de lo que no
tuve y no me atreví a tener. El que ahora me vuelva a buscar es un reto, que no
puedo ignorar. Me desafía a reconocerlo, a sentirlo cerca. Me obliga a tenerlo
siempre dentro, a saberlo. Me llena de fantasías y especulaciones, de
querencias encontradas. Y un día, no muy distante por cierto, el mocito (sin
ser llamado y ni esperado) vuelve a irrumpir en el sendero… pero esta vez sí
esperamos que aparezca como solo él puede. Y ahora entiendo que el miedo va a
volver a estar, porque aquel no es vano y es lo que en realidad enseña. Será éste
quien garantice su permanencia.
Ahora, la mirada encontrada tiene más
que decir. Busca complicidad en esa espera, que poco a poco se transforma en
deseo compartido. Empieza a aclarar la disyuntiva propuesta en aquellas
gotitas. Hoy salvan una proyección que mañana quieren ser. El tiempo
tiene destinado la unión de ellos dos en irremediable trío. Las miradas
deseosas de partir juntos, de sentirse uno más. Sus cuerpos tiritan en la
lejanía del otro, se vuelven; la boca seca de tanto saberse, los ojos húmedos
de tanto anhelo. Los cuerpos convertidos en otro.
Y hoy, estamos
acá, mirando desde lejos… lejanía insoportable pero aceptada; lejos quedaron
las dudas, los miedos, los ojos agotados cargados de emoción y dolor ante una
imagen. Imagen que perturba hoy el sueño, que acecha en cada pensamiento.
Pensamiento que reafirma decisión; y decisión que reafirma dudas en la lejanía
de la imagen aún guardada como tesoro en un cajón, en cuyo contenido está la
prueba irrefutable de madurez de vientre, también dolorido en su exilio
forzado. En un exilio con fecha de caducidad incierta.
Imagen que
reduce la complejidad del mocito a la pureza misma de la vida; vida que busca
el cambio acompañado. Cada paso es riesgo de no llegar y camino de tenerlo.