miércoles, 29 de mayo de 2013

Mocito

Gotitas de lluvia en invierno que se posan en mis pestañas, y el maquillaje que se va dejando vencer, tiñe las mejillas y se van lavando; gotitas acompañadas por las que brotan de mí. Pronto éstas dejaron de serlo, se transformaron en enormes surcos de agua, que sin dejarme socorrer, fueron llegando a todos los escondrijos del cuerpo. Mis ropas chorreando, pesadas, con ganas de saltarse.
Río que nace y cesa en nuestro dolor, río que dice, que habla y juega a la muerte. Río color fuego recorriendo las extremidades, derramando a cada paso su fluir, vaciándome y quemando la esperanza de crecer hacia algo nuevo. Miedo, espera, miradas encontradas en dos pares de ojos cristalizando aquello, inmortalizando las gotas, el río... 
Me vi en medio de un torrente, sin saber a dónde ir y mucho menos cómo llegar… y me largué nomas a caminar. No interesaba la lluvia o la desolación, pues tenía la certeza que en algún momento llegaría donde debía. Así que me dejo lavar; y me voy dando cuenta, con cada caricia y cosquilleo: lavó mis condenas y me sembró de despedidas.
Era el lugar y el momento perfecto para pensar, recordar y decidir… pero no hacía falta tanta dedicación, mi mente estaba en blanco, era la misma laguna que se iba formando en medio de la llanura. El agua me purificó, así como lo hace con todo en el mundo. La definición ya estaba cometida. Definición que hoy, en forma de espina, me estimula a creer y no me deja olvidar. El cuerpo me dolía y el alma me pesaba en el vientre, sobraban las palabras. Solo quedaba una mirada y una mano.
Llegue con el alma renovada, empapada de sonrisas ajenas que había olvidado y las propias que querían escapar desde hacía largo rato. Pero con una pesadumbre que no podía abandonar.
A la mañana siguiente -envuelta en sus brazos- me desperté sobresaltada: había soñado, no era un sueño cualquiera, como el de los sentimientos reprimidos o miedos vanos; en él había una mujer, junto a ella: un hombre, pero quienes eran? Caras desconocidas que suenan tan familiares. Miraban fijo un punto, estaban esperando en medio de un desierto amanecido. A lo lejos, sobre el horizonte comenzó a distinguirse una figura, diminuta, como sumergida en un mar, luego de un momento por fin llego hasta ellos. Era un mocito que aparentaba poquitos años, pero sin embargo tenía un aire de vida recorrida que me erizo la piel y me estremeció el cuerpo. Llevaba con él una enorme sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos, de tez trigueña y ojos brillantes. Los venía a buscar: muy despacito los agarró de las manos, y las suyas se perdían entre los dedos de los grandes que se dejaban llevar. Los vi marchar a los tres, contagiados de su risa. Se perdieron en el horizonte del que había llegado, inundándolo todo de alianza. Me dejó una sensación de vacío y olvido que hasta hoy no puedo llenar. Me atrapó el deseo de su palpitar que alguna vez escuché, embriagada de su presencia.
Será que es la imagen de lo que no tuve y no me atreví a tener. El que ahora me vuelva a buscar es un reto, que no puedo ignorar. Me desafía a reconocerlo, a sentirlo cerca. Me obliga a tenerlo siempre dentro, a saberlo. Me llena de fantasías y especulaciones, de querencias encontradas. Y un día, no muy distante por cierto, el mocito (sin ser llamado y ni esperado) vuelve a irrumpir en el sendero… pero esta vez sí esperamos que aparezca como solo él puede. Y ahora entiendo que el miedo va a volver a estar, porque aquel no es vano y es lo que en realidad enseña. Será éste quien garantice su permanencia.
Ahora, la mirada encontrada tiene más que decir. Busca complicidad en esa espera, que poco a poco se transforma en deseo compartido. Empieza a aclarar la disyuntiva propuesta en aquellas gotitas. Hoy salvan una proyección que mañana quieren ser. El tiempo tiene destinado la unión de ellos dos en irremediable trío. Las miradas deseosas de partir juntos, de sentirse uno más. Sus cuerpos tiritan en la lejanía del otro, se vuelven; la boca seca de tanto saberse, los ojos húmedos de tanto anhelo. Los cuerpos convertidos en otro. 
Y hoy, estamos acá, mirando desde lejos… lejanía insoportable pero aceptada; lejos quedaron las dudas, los miedos, los ojos agotados cargados de emoción y dolor ante una imagen. Imagen que perturba hoy el sueño, que acecha en cada pensamiento. Pensamiento que reafirma decisión; y decisión que reafirma dudas en la lejanía de la imagen aún guardada como tesoro en un cajón, en cuyo contenido está la prueba irrefutable de madurez de vientre, también dolorido en su exilio forzado. En un exilio con fecha de caducidad incierta.
Imagen que reduce la complejidad del mocito a la pureza misma de la vida; vida que busca el cambio acompañado. Cada paso es riesgo de no llegar y camino de tenerlo. 

martes, 28 de mayo de 2013

Si me difaman


Que me difamen.
Que digan de mi cuanto necesiten,
Que digan que soy alta y voluptuosa.
Que me llamen canalla, traidora, judas.
Que se sequen sus bocas y ampollen sus lenguas,
Que mientan, que inventen y tergiversen mi paso
-todo cuanto existo-.
Que me difamen, pues quien sepa mirarme a los ojos
Encontrara libertad
Por la cual muevo el mundo.
Encontraran el sabor ya casi olvidado
De la pasión, verán que en mi la tierra
Late por reventar.
Que me difamen, ya el tiempo enseña; por tanto
Mis hazañas abren caminos, barreras y trincheras.
Pero si me difaman que sea con rencor,
Que sea con odio, que sea con claridad
Y sobre todo, si me difamen
Que sea con orgullo.